El bullying, otra raya más al tigre de la violencia en Costa Rica

Los liceístas (egresados del Liceo de Costa Rica) nos consideramos entre nosotros “hermanos”, hijos de diferentes padres, la mística que se aprende en una institución emblemática de la sociedad costarricense es un elemento innegable y aunque pasen los años, muchos al ver el uniforme gris portado por algún estudiante de las nuevas generaciones, nos arranca una sonrisa con orgullo.

Habrá quienes como yo, asumimos esa mística de un modo casi religioso, en especial aquellos que además de pertenecer a la institución, formamos parte de los procesos de disciplina de los cuerpos de marcha u otro movimiento que ayudaba a enraizar ese sentimiento de pertenencia al espíritu institucional, a como habrán otros ex compañeros que pasaron por la institución sin mayor apego.

Pero en cualquiera de las condiciones, hay una realidad de la que no escapamos en nuestra época de estudiantes y que no se remonta solo a nuestra generación, sino que es una circunstancia que trasciende en el tiempo, existe una presión social muy profunda y compleja en el entorno y la muerte de nuestro pequeño hermano Sebastián Díaz González, atropellado en esta semana por el tren, aparte de que la consideramos dolorosa nos lleva a hacer una introspección obligatoria.

Cuando era estudiante de secundaria, el “bullying” no existía… ¿Cómo? Se preguntará quien me esté leyendo, y con justa razón. Pero durante nuestra época de colegio el término “bullying” no existía como tal, no habían grandes despliegues de recursos como hoy para intentar evitar que el matonismo hiciera de las suyas y al igual que en la gran mayoría de instituciones de este país, si no lograbas pasar desapercibido en el ambiente, se debía formar parte rápidamente de un grupo en el que tuvieras cierta “protección” o respaldo, de lo contrario serías absorbido y agredido por el medio.

En algunas ocasiones y sin darse cuenta, podría ser uno mismo quien estuviera incurriendo en cierto nivel de matonismo contra algunos compañeros que por alguna condición particular se terminara transformando en víctimas, por considerarlos abajo en la cadena de poder.

Cada vez que hago esta introspección; que siento es más común desde que soy papá, caigo en razón que en nuestra generación la presión del entorno era muy grande y estoy seguro que en la actualidad donde las redes sociales empujan a los jóvenes a actuar de cierto modo de manera muy acelerada es mucho más complejo para poder determinar las señales de algo terrible que se pueda aproximar.

En nuestra época, habían compañeros que ciertamente la estarían pasando terrible ante el comportamiento de aquellos que ostentaban una posición de liderazgo y empoderamiento de modo negativo, imagino que en reiteradas ocasiones contaban las horas en sus casas, deseando que no llegara el siguiente día o que terminara el fin de semana para no tener que seguir viviendo un infierno de sufrimientos y desprecios por parte de personas que se supone deberían ser sus “iguales” en cuanto a la formación.

El matonismo en cualquier época se ha encargado de destruir de los sueños e ideales de jóvenes que como nosotros estaban buscando formarse para ser parte de la historia de Costa Rica y con mucho más orgullo siendo estudiantes del Liceo, cuna de grandes líderes nacionales. Y en nuestra realidad más inmediata, la presión del entorno se ha llevado consigo la vida de un joven y destrozado a una familia completa.

Más que culpar a una institución en específico; aunque tenga su cuota de responsabilidad sin duda, el fenómeno del matonismo es una enfermedad nacional, no es exclusivo del Liceo de Costa Rica, es un problema generalizado que sobre pasa hasta los roles de género, realmente el entorno que desarrollamos es el que finalmente impulsa o no este tipo de comportamientos.

Hay un trabajo integral que como sociedad debemos realizar desde hace décadas atrás. En los hogares prestando atención a nuestros hijos, sobrinos, nietos, etc. no solo en lo que hacen, sino en las relaciones como familia, saber cómo se sienten, dónde andan, qué les gusta o les molesta, con una completa apertura. Por su parte las instituciones educativas tienen una labor de combatir el matonismo desde la formación de los niños en etapa preescolar, pero respaldados con otras instituciones educar a los padres para que combatan el flagelo del bullying y el mobbing (acoso laboral), y el resto de la sociedad estamos obligados a formar a nuestros niños y jóvenes en ambientes donde sean influenciados por personas con principios creativos y no destructivos, intentar sacar de los espectros informativos a los “influencers” que enseñan antivalores y actos de estupidez integral, y también sacar todo aquello que no sea constructivo; narco novelas, música que promueva la misoginia y la discriminación.

Como diría Sebastián Damazzio, buen amigo y hermano liceísta también: “Que la muerte de Sebastián no sea en vano y sirva de punto de quiebre, que comience un proceso de cambio paulatino hacia una conciencia más humanista, hacia una cultura de respeto, hacia los principios puros del liceísmo, que es al final una hermandad” y yo agregaría que este punto de inflexión alcance a todos en el país, no solo al Liceo quien en esta ocasión fue el afectado directo, porque en realidad lo que ocurre es el reflejo de un problema endémico que sufre la sociedad costarricense.

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