Turquía, un nuevo foco de inestabilidad en Medio Oriente

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan desde hace tiempo ha cambiado radicalmente su política exterior con respecto a Occidente. Primero empezó a modificar las normas a lo interno con respecto a la laicidad del Estado, lo que ha empujado al país a una visión más conservadora, muy alejada de los principios políticos de Mustafá Kemal Pasha (Atatürk) quien rescató un país desmembrado por la I Guerra Mundial y le dio una nueva oportunidad para ser moderno y secular.

Erdogan posteriormente acusó a Occidente de ser cómplice de su opositor político, el teólogo musulmán Fethullah Gülen, exiliado en los Estados Unidos, de un intento de golpe de Estado en su contra, lo que además le ayudó a poder hacer una purga contra opositores políticos y limitar libertades individuales entre estas la de prensa. Sobra decir que se acusa al gobierno turco de haber gestado un auto golpe como excusa para sus movimientos políticos.

Turquía es miembro de la OTAN con uno de los ejércitos más poderosos de esta alianza militar occidental. Pero desde noviembre de este año se ha señalado que los turcos se han alejado militarmente de esta alianza para tener conversaciones más estrechas con el gobierno ruso, catalogado de estratégico ante el distanciamiento que el gobierno turco tiene con los gobiernos de Occidente, lo que algunos señalan como el inicio de una ruptura total entre Ankara y la alianza militar con la Organización del Tratado del Atlántico Norte.

El gobierno de Erdogan también ha acusado a los Estados Unidos y Europa de querer desestabilizar su país al patrocinar a las fuerzas kurdas en zonas delicadas como Irak y Siria, movimientos que podrían reforzar los intereses de la enorme población kurda en su territorio con afanes independentistas.

Los movimientos de Turquía se complementan con el acercamiento sustancial entre el gobierno de Ankara y los gobiernos de Teherán y Bagdad; este último fuertemente influenciado por el régimen iraní, aunque también tiene una agenda donde recibe beneficios de países como Estados Unidos y el bloque europeo. También, el gobierno qatarí se ha aprovechado de esta nueva alianza para salir de su situación de bloqueo impuesta por los países árabes que desde junio pasado rompieron con este Estado por sus relaciones con la República Islámica de Irán y bajo acusación de ser sponsor de organizaciones terroristas en el mundo.

Esta apertura hacia el gobierno de Doha, llevó a que el 26 de noviembre anterior firmaran un acuerdo comercial con Turquía e Irán, lo que transformaría el territorio iraní en puente para los negocios entre qataríes y turcos.

El gobierno de Erdogan se ha convertido también en un importante vocero de la causa palestina, principalmente en lo que corresponde a la Franja de Gaza, aunque con las últimas manifestaciones del presidente Donald Trump con respecto a Jerusalem y la capitalidad de Israel, en el marco de la “Cumbre Islámica sobre Jerusalem”, organizada por la Organización para la Cooperación Islámica (OCI), mostró su apoyo al gobierno de Mahmoud Abbas y lograron una declaración de capitalidad palestina sobre el territorio de Jerusalem Oriental, en el ranking de países islámicos con una posición positiva, Turquía ha acertado un buen golpe, lo que al mismo tiempo condenará a los líderes palestinos; principalmente Mazen, a obedecer a la agenda planteada por Ankara.

La posición de Turquía con respecto a Israel es beligerante, los intercambios entre ambos gobiernos son sumamente altisonantes, por ejemplo durante el incidente contra la embarcación Mavi Marmara en 2010 se congelaron las relaciones entre ambos países y de no ser por la intermediación de Occidente la ruptura habría sido permanente. Y en los últimos días los mensajes que se lanzaron fueron fuertes también, el llamado por parte de Erdogan a Israel como “Estado terrorista”, y la respuesta de Netanyahu que no recibiría juicios de un país que viola el derecho internacional asesinando opositores políticos; en referencia a los 17 kurdos del PKK asesinados por el régimen turco en los últimos días.

Todas estas acciones turcas se encaminan a cambiar los ejes de poder de la región, la cual al menos en el mundo islámico circula primordialmente entre Irán y Arabia Saudita, más países que son pivotes de sus respectivas zonas, Jordania, Egipto y Turquía, poseen liderazgo en el mundo musulmán, pero está claro que los equilibrios por el momento se concentran en Riad y Teherán, y los roles de Ankara y el Cairo son esencialmente axiales por sus características geoestratégicas.

Los turcos quieren asumir un papel menos de contención y más de influencia, siendo una voz cantante para los balances, por esto hay una urgencia por conservarlos, contenerlos o neutralizarlos políticamente hablando por parte de las fuerzas hegemónicas globales, de caso contrario el equilibrio se inclinaría desfavorablemente para Occidente, como está ocurriendo actualmente a pasos agigantados.

La llegada de Mohammed Bin Salman al liderazgo saudita, sus políticas progresistas, más el acercamiento político que están teniendo los Estados árabes con Israel procurando contrarrestar el empoderamiento de Irán en la zona, se suman al descontento político de Erdogan explicado anteriormente. Como aspecto a considerar relevante también, los cambios internos en Turquía hacia una visión más fundamentalista de la religión a través de su líder con ínfulas de Califa, podría acercar a los colectivos más conservadores y otorgarle un lugar privilegiado a los turcos como representantes de esa perspectiva islámica.

Debe quedar claro que el presidente turco tiene su propia agenda, no es Occidental ni tampoco es Pro rusa, no se trata de una estrategia a favor de Irán de forma estéril. Todos los movimientos que realiza el gobierno de Ankara tienen como finalidad acceder a otros beneficios de distintos países, ya sean económicos, estratégicos, políticos o de influencia, bien establecidos por una política exterior sumamente extorsiva que pueda brindarles los réditos tras los cuales van, principalmente de hegemonía regional.

Al parecer los liderazgos occidentales se han quedado adormecidos frente a Turquía, no están previendo lo que sucede o no saben descifrar los próximos pasos del presidente Erdogan, al parecer cuando logran entender un movimiento, ya van dos adelante y esto hace incontenibles los cambios que se avecinan. Deberá Occidente realmente atender todas las exigencias que los turcos realizan para mantenerlo aliado, o por el contrario, se debería optar por una política comprendiendo que ya no son un aliado real para los intereses de Occidente en la región y optar por neutralizarlo creando un pivote, todo hace pensar que la segunda opción es la que más fuerte suena en este caso.

Fuente: El Mundo CR

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